La muerte de Pedro Rosell, a los 90 años, generó múltiples mensajes de despedida entre colegas, discípulos e instituciones vinculadas con la vitivinicultura argentina. El enólogo mendocino fue fundador de Bodega Cruzat y dedicó gran parte de su trayectoria al desarrollo de vinos espumosos de alta gama.
En redes sociales, quienes compartieron años de trabajo y aprendizaje con Rosell destacaron su perfil como maestro, docente y referente de la enología, además de recordar su generosidad y su aporte a la elaboración de espumosos en Argentina.
Los mensajes de despedida para Pedro Rosell en las redes sociales
Desde Bodega Cruzat, la empresa que fundó en 2004, despidieron a Rosell como “fundador y maestro de los espumosos argentinos” y remarcaron su importancia en la historia de la bodega.
“Con profundo pesar, Bodega Cruzat despide a Pedro Federico Rosell, enólogo fundador de la bodega y una figura fundamental en la historia de los vinos espumosos de la Argentina”, expresaron desde la bodega. También señalaron que “su conocimiento, su rigurosidad y, sobre todo, su respeto por los tiempos y los detalles quedaron impresos desde la primera botella”.
“Hoy despedimos a un maestro, un referente y una persona profundamente ligada a nuestra historia”, agregaron las familias Cruzat y Barros y todo el equipo de Bodega Cruzat, quienes acompañaron el mensaje con un saludo a sus familiares y seres queridos.
Desde el Fondo Vitivinícola y La Enoteca también dedicaron unas palabras al enólogo mendocino. “Con una mezcla de tristeza y profundo agradecimiento queremos recordar al maestro Pedro Rosell, una de las personalidades más fecundas de la vitivinicultura argentina”, publicaron.
En el mensaje lo definieron como un “hombre sabio, generoso, de un humor inconfundible” y destacaron: “Pedro Rosell vivió como sus vinos: expresando genuinidad, entregándose al placer de compartir y trascendiendo en brindis memorables”. El Fondo Vitivinícola agregó: “Supo vivir y ese es su gran legado”.
Estefanía Litardo también recordó a Rosell y puso el foco en su faceta docente. “Un gran maestro y docente Pedro Rosell. Su pasión y generosidad en compartir su conocimiento marcaron un antes y después en nuestra industria”, escribió.
“Una enorme admiración siempre cosechó entre colegas y amigos. Su legado queda en cada burbuja y en cada brindis y en todos los que tuvimos el privilegio de aprender de él”, expresó Litardo. Y cerró: “Las mejores recetas de cocina y de vida nos ha regalado y dejado en cada uno que lo conoció”.
El enólogo Fernando Losilla recordó a Rosell desde su propia trayectoria profesional y la relación que construyeron durante años. “Se fue una de las personas más importantes en mi carrera profesional, Pedro Rosell, mi profesor, mi mentor, el que me hizo enamorar del mundo de las burbujas”, escribió.
Losilla también recordó que Rosell lo invitó a trabajar en 2002 en Cavas Rosell Boher, en lo que significó su “primer desafío en la actividad privada”. “Me enseñaste no solo de espumantes en tantas horas compartidas. Buen viaje maestro”, agregó.
Por su parte, Fabricio Portillo escribió que “hoy, las burbujas no sirven para festejar pero sí para rendir homenaje a quien fuera uno de los grandes responsables de la actualidad de los vinos espumosos argentinos”.
“El gran Pedro Rosell ha partido, y nos ha dejado un gran legado”, expresó Portillo, quien destacó a Bodega Cruzat como su último emprendimiento y señaló que desde allí “creó decenas de etiquetas que quedarán para siempre”.
“Sin dudas, Pedro fue una figura fundamental en la historia de los vinos espumosos de alta gama de la Argentina”, sostuvo Portillo. El mensaje concluyó con un agradecimiento al enólogo: “Gracias por todo maestro de las burbujas”.
Un sentido escrito para despedir al enólogo Pedro Rosell
Por su parte, Víctor Gustavo Zonana, le escribió estas palabras:
El bitartrato de potasio es un ácido natural insípido que se obtiene como residuo durante la fermentación del vino en los toneles. En repostería se lo conoce como cremor tártaro. Combinado con bicarbonato de sodio sirve para hacer polvo para hornear y dar volumen y esponjosidad a las tortas. También se emplea en la preparación de merengues porque evita que el agua se separe de las claras batidas y hace que la espuma quede firme por más tiempo. Cuando nos convidaba sus célebres tortas ángel o chiffon – que entraban primero por la vista con sus increíbles decoraciones – nadie pensaba en la reacción química que explicaba esa maravilla. Pero Pedro, fiel a su rol de profesor de química orgánica, se detenía en darnos la explicación. Incluso revelaba un segundo paso clave: había que invertir el molde para que escape el vapor y la torta caiga por su propio peso en la fuente en la que se va a servir. Esa fidelidad explicativa no era alarde. Obedecía a una vocación temprana que asocia su figura al mundo del espumoso. En una entrevista comenta: “Mi padre estaba vinculado a la industria vitivinícola pues tenía una destilería de orujos y todos vivíamos en la propiedad de la bodega. A los ocho años la curiosidad ya me llevaba a elaborar mis primeros destilados a partir de cáscaras de naranjas que luego mezclaba con agua y azúcar. Serian mis primeros licores. Durante aquellos años aprendí mucho y luego hice mis estudios secundarios en el Liceo Agrícola y Enológico Domingo F. Sarmiento, dependiente de la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de Cuyo, donde obtuve el título de enólogo. Mas tarde estudié Ingeniería Agronómica en la Facultad de Ciencias Agrarias y posteriormente gracias a una beca del gobierno francés me especialicé en el Instituto de Enología de Burdeos donde tuve como docente a Émile Peynaud (el enólogo más influyente del siglo XX)”. Pude conocer a Pedro (padre) gracias a Pedro (hijo) mi compañero en el ensamble Capella Iuvenilis y en el Colegio Universitario Central. Lo recuerdo en su casa de calle Yapeyú, dibujando fórmulas para sus clases de la facultad en unas hojas de papel ilustración con marcadores azules, negros y rojos. Recuerdo, también, que se preocupaba por los problemas de la enseñanza en la formación de bromatólogos e ingenieros agrónomos. No tengo más datos para referirme a su faz académica. Si he comenzado por la repostería y el champagne, es porque mi memoria está llena de recuerdos que hacen a su convilialidad, su entrega, su enorme cultura. Pedro y su esposa Celia invitaban y alrededor de la mesa se tejían conversaciones a veces interminables sobre música, literatura, cine, recetas, maridajes, juegos de cartas y un largo etcétera temático. Había en esas charlas humor, ironía, alegría de vivir. Pedro era un melómano que podría recorrer con idoneidad la historia de la música desde el medioevo a la actualidad. Debo a su magisterio la revisión de mis prejuicios juveniles sobre el repertorio del romanticismo. Su entusiasmo lo llevaba a acompañar como mecenas emprendimientos musicales que nos reunieron con Rosa Fader de Guiñazú y Zulema Scarabino. Pedro era también el mundo de Galina Tolmacheva y de su esposo Konstantin a quienes acompañó hasta el trágico final de sus vidas.
Podría decirse que este mezquino retrato solo revela la faceta, frívola, de un bon vivant. Creo, que no es así. Una célebre película danesa de la década de los ’80, El festín de Babette, me permite ilustrar el sentido profundo que Pedro daba al arte de la cocina y del vino. Relata, en el siglo XIX, la historia de Babette Hersant. Babette busca un refugio de la violencia de la comuna de París en Jutlandia, Dinamarca, junto a dos hermanas ancianas que dirigen una congregación protestante cada vez más reducida y de avanzada edad. Babette se ofrece para preparar la comida de la comunidad. Como vínculo con su vida anterior solo guarda un billete de lotería que una amiga suya renueva cada año. Un día gana un premio de 10.000 francos. Y decide agradecer a sus protectoras y a la comunidad con un banquete soberbio cuya preparación lleva gran parte de la película. La llegada de ingredientes nunca vistos y exóticos asusta a la colectividad que decide no despreciar el regalo, pero se compromete a abstenerse de hablar de cualquier placer que les produzca y no mencionar la comida durante la cena. En ella participa además Lorens un antiguo pretendiente una de las hermanas y ahora famoso general. Sin conocer los planes del resto y como hombre de mundo, señala que esos manjares se disfrutaban en el famoso Café anglais, de París. La magia del banquete, encarecida por la degustación del general, surte su efecto. Eleva espiritualmente a los comensales quienes, progresivamente, olvidan su propósito. Al finalizar la cena, se perdonan ofensas y reavivan viejos amores. Después del banquete, las hermanas temen que Babette desee disfrutar del premio obtenido regresando a París. Pero la cocinera prodigiosa las tranquiliza al comentarles que ya se ha quedado sin dinero porque lo ha gastado todo en la preparación: 10.000 francos es el valor de una cena para esa cantidad de personas en el Café Anglais, en el que ella se desempeñaba como jefa de cocina antes de emigrar. En el diálogo final las hermanas le señalan que ahora será pobre por el resto de su vida. Babette les responde: “Un artista nunca es pobre”. Así fue la entrega de Pedro. Sembró en nuestros corazones, generosamente, sin preocuparse donde caía la semilla, esperando, contra toda esperanza.